CUENTOS




Identidades

Había llegado en la mañana y vagaba por el pueblo sin salir de su asombro. Nada estaba donde debía o, al menos, donde él se acordaba que debía estar. Casas, calles y plazas cambiadas. Todo rebautizado. Era como estar y no estar en el mismo lugar. Y cuando se acercaba a preguntar “¿Y Fulano? ¿Lo conocen a Fulano De Tal?”, los lugareños lo miraban sonrientes y amables pero movían la cabeza indicando que no.
Fulano De Tal, su mejor amigo, había quedado de testigo cuando él y su familia tuvieron que irse por razones que todavía le costaba entender. Su último recuerdo de aquella noche estaba asociado a Fulano, en piyama, moviendo su mano libre mientras la madre lo tenía fuerte de la otra para que no corriera atrás del auto. Él veía por la ventanilla cómo se perdían en la oscuridad, el pueblo y Fulano unidos desde entonces en su memoria.
Él había crecido lejos, en una ciudad grande, difícil y llena de oportunidades. En su casa había dos bandos: la madre y el hermano agradecían la fatalidad que los había arrancado del pueblo y los había lanzado al mundo; por el contrario, su hermana y su padre llevaban las raíces al aire y lloraban cada día alimentando la nostalgia. Él crecía sin preocuparse demasiado ni de allá ni de acá, pero con el firme propósito de volver a buscar algún día a Fulano De Tal, aquella cara que se había convertido en lo único que le quedaba de su niñez.  Con el paso del tiempo, la ciudad lo había convertido en un músico que prometía ser un gran músico, según sus profesores. Había terminado sus estudios y se le abría un panorama de desafíos profesionales que en breve tenía que afrontar. Por eso decidió que era el momento de viajar al pueblo, a reencontrarse con su pasado.
Fue hasta la oficina del Registro Civil para ver los certificados de los muertos, ya que entre los vivos nadie sabía decirle donde estaba Fulano. Pero no quedaban rastros de documentos, el funcionario era nuevo y nadie había muerto desde su llegada. Mientras recorrían el cementerio con lápidas en blanco, le contó que, hacía ya tiempo, antes de que a él lo destinaran allí, antes incluso del nuevo milenio, había habido un gran incendio. Como un viento que arrasara con las hojas muertas y vivas de los árboles, aquel incendio parecía haber barrido todos los recuerdos. Una lluvia de cenizas se había depositado sobre lápidas, carteles y grabados borrando nombres, leyendas e indicaciones por igual. Desde entonces pocas personas conservaban sus nombres. Fulano igual podía ser un Mengano y el De Tal haberse convertido en Por Cual. Habría él notado que con el tiempo y la reconstrucción a la que el pueblo había sido sometido, los barrios y los edificios ya no se parecían más que a sí mismos. Los lugareños amaban su nuevo estado de olvido y desmemoria y lo cultivaban como antes se hacía con los recuerdos y las tradiciones. Hoy bastaba para cambiar de nombre con que se lo hicieras saber a tus allegados y lo confirmaras en la prensa. Así se podía hacer con el trabajo, los domicilios y hasta las parejas. El pueblo parecía vivir en una feria permanente de trueque de las identidades.
Con toda esta información general y sin saber nada en concreto, le agradeció al funcionario su amabilidad y siguió su peregrinaje. Creyó entender un poco más por qué al contar sus recuerdos del pueblo o preguntar por las causas de los cambios, la gente lo miraba con cierta condescendencia y parecía compadecerse de que todavía estuviera aferrado a sus raíces. Sus interlocutores le cambiaban el tema y sutilmente dirigían la conversación hacia sus intereses: quién con quién, cómo y dónde. Hoy. Ayer ya fue. Y sus comentarios eran todos sobre el pueblo y sus habitantes, no viniera tampoco él a hablarle de otros lugares y realidades. Todo lo importante pasaba Aquí y Ahora.
Derrotado, fuma sentado en la plaza. Montones de colores ondean en las azoteas de los alrededores. Los pájaros trinan casi furiosos en su despedida al sol. Un perro se rasca las pulgas a sus pies. Cuando llega el ómnibus que lo devolverá a la ciudad, a su vida, al desafío de su carrera por estrenar, casi ha olvidado a qué vino al pueblo. Los acordes suaves de una promesa de música suenan en su cabeza. Su infancia disuelta en el ocaso.







Nos tomamos una




 La luz del cuarto se iba apagando con el atardecer.  Ella estaba sentada frente a la ventana, en el enorme sofá de cuero gastado que dominaba la sala, igual que un abuelo dominaba el retrato familiar,  sobre la mesita francesa del rincón. Se notaba en todos lados el sello de la herencia de herencias de tiempos mejores.

La silueta de su amiga, la dueña de casa se destacaba contra el vidrio a contraluz. Estaba sentada de costado en el posabrazos de uno de los sillones que hacía juego con el sofá.  Tenía el pelo lacio y largo, castaño, un vaquero roto en las rodillas y un suéter grueso azul marino. Las manos,  de largos y finos dedos, descansaban cada una sobre un muslo. No se hacía la manicura en la peluquería pero lograba un efecto exquisito, con las uñas no demasiado largas, nunca pintadas con colores estridentes. Tenía bellas manos. Las de ella, más regordetas, con las uñas comidas,  estaban ocupadas. Con una sostenía una taza de café negro y humeante. Con la otra, acariciaba mecánicamente el almohadón a su lado. Sentía en su piel la nobleza de esa otra piel ajada.
Se había hecho una pausa en la conversación. Una de esas pausas que, en general, anuncian la entrada a una zona más íntima, más dolorosa. El fin de la tarde pesaba en el salón. Un mechón del pelo de su amiga se interponía entre la nariz y el resto de la cabeza dándole un aire picassiano a su perfil. Tomó un sorbo del café y deseó que sonara el teléfono, el timbre o al menos una bocina en la calle. Algo que interrumpiera esa atmósfera que ella no se animaba a cortar. Entonces escuchó que su amiga dijo:
-Soy alcohólica- y la vio volver aún más la cabeza hacia el exterior, hacia los grises edificios que recortaban el poco y pálido cielo que alcanzaba a colarse entre ellos. No esperaba una respuesta. Ninguna respuesta.
 -Soy alcohólica, ¿y qué? -preguntó esta vez, girando para mirarla.
En el fondo de sus ojos brillaba una luz herida. Ella pensó que tenía esa mirada como de ciervo acorralado que a veces había reconocido también en el espejo.
-¿Querés que te acompañe a alcohólicos anónimos? -dijo y se sintió profundamente idiota enseguida que terminó de decirlo. Había errado el tiro. Era obvio. Su amiga se movía de aquí para allá ahora con energía, como sacudiéndose los restos de ese aire tan pesado que las había rodeado instantes antes.
-No, boluda, quiero que nos tomemos una. Hay whisky.
 Y al acabar la noche se habían tomado todo lo que quedaba de la botella y unas tantas cervezas. Habían repasado una y otra vez sus vidas, desde que se conocieron hasta la última vez que se pelearon. Toda la farándula de sus compañías, amores y odios apareció esa noche, a medida que el alcohol bañaba sus memorias.
En la madrugada fría, ella caminó hasta su casa, recorriendo las calles y las veredas habitadas por bichicomes dormidos en los umbrales, por bandas de jovenzuelos zigzagueantes, por taxistas arrimados a las esquinas, por jovencitas emperifolladas cotorreando en las paradas, por vendedores de diarios y revistas, tomando mate,  atrincherados en sus quioscos.
Se metió en la cama y se acurrucó de cara a la ventana, viendo como se colaban los primeros rayos de sol a través de las cortinas, antes de caer en el pesado sueño de la resaca. Y todo ese tiempo, escuchando en su cabeza retazos de una vieja canción que no la dejaba en paz, se preguntaba: ¿quién bebe para olvidar? ¿Quién carajo bebe para olvidar?




La visita

El chalet de tejas verdes y paredes de ladrillo blanqueado seguía siendo tan acogedor a la vista como siempre. No era de esperar que reflejara, al menos por afuera, al menos no tan pronto, el dolor de sus habitantes. Lucía pagó el taxi frente a la casa pero dio una vuelta a la manzana antes de entrar. Recogió una cantidad de coquitos de eucaliptus. Los niños siempre quedaban encantados con el olor que despedían y ella jugaba poniéndose algunos en los dedos y haciendo títeres con las manos. Cuando se acercó al portón, Corso, el pastor alemán, la reconoció en seguida ladrando y moviendo la cola de felicidad. Alberta, la señora que trabajaba en la casa, salió a recibirla. Su saludo fue más emotivo que otras veces.
-La extrañamos, señorita, le dijo.
-Señora, Alberta, señora, se rió Lucía.
-Es que parece tan joven usted, señorita, insistió Alberta, en lo que ya se había convertido en un juego entre ellas.   
-¿Los niños? ¿Y Marcela? Traje masitas, dijo Lucía mientras avanzaba temerosa por el corredor hacia el estar, donde presentía que tenía que estar su amiga. Alberta, detrás de ella, espantaba a Corso que seguía ladrando.
Marcela estaba sentada en el sofá de espaldas a la puerta, rodeada de revistas abiertas, cerradas, caídas, desparramadas. La tele estaba prendida pero sin voz. Por el ventanal al jardín se colaba una luz tenue, salpicada de los distintos verdes del cerco.
 -Hola, Marce, soy yo.
 -¿Lu?, sonrió Marcela levantándose y tirando más revistas a su alrededor. Se abrazaron sin hablar. Pareció que el tiempo se detenía mientras los cuerpos se reconocían, borraban temores y posibles resentimientos. Después se sentaron, sonriéndose, una frente a otra. Marcela de nuevo entre las revistas y Lucía en un banquito, de espaldas al ventanal.
Marcela lideraba la conversación  y el dolor apenas se colaba en las pausas. Algún momento ausente en la mirada, los dedos retorciendo un papel, la vibración nerviosa de las piernas. Pero los temas eran comunes y corrientes -el tiempo, una posible vuelta al trabajo, los hijos- y funcionaban como pequeños muros de contención.  No se animaba Lucía a voltear estos cercos con preguntas más íntimas, más veraces  -¿qué pasó en la clínica? ¿por qué las emociones la habían acorralado haciendo que estallara? ¿cuál era el pronóstico del psiquiatra? -, tan frágil sentía a Marcela en su desesperación por mantenerlos y tan decidida en afirmar su entereza. Sonreía a medias, asentía, navegaba por los meandros de la conversación,  y mientras tanto pensaba una vez más en qué era lo que ella no había sabido notar antes de que todo pasara.  Una capa de plomo parecía instalarse en sus hombros a medida que el diálogo avanzaba. Estaba sentada a una mesa ratona de distancia y no paraba de prender cigarrillo tras cigarrillo, tomar agua, servirse café.
 Los niños irrumpieron corriendo con Corso detrás. Acababan de llegar del colegio y venían a ver si mamá estaba en casa. La abrazaron, la besaron, se peleaban por llamar su atención. Marcela miró a Lucía sobre sus cabezas rubias, un dejo de pánico en los ojos, una sonrisa congelada, ¿qué hacer con tanto amor? parecía decir. Lucía se acercó a ellos y desprendió de a poco a los chiquitos de su madre, les preguntó por las tareas escolares, la merienda, los ayudó a sacarse las túnicas. Sin mirar a su amiga supo de su alivio. Entonces entró Alberta para llevarse a los niños. El silencio se instaló cuando se fueron.
 Lucía miró el jardín. Tenía tantas ganas de llorar, tanto miedo de mirar a Marcela, de  hablar y que se le quebrara la voz.  Pero Marcela salvó la situación. Como si los niños no hubieran pasado por el estar, retomó la conversión sobre el plan de vacaciones que le había propuesto Daniel. Cambiar un poco de aires, alquilar la casa del balneario en el verano e intentar unas vacaciones más cortas en Miami, para ir a Orlando con los chicos. ¡Los chicos! ¡Qué buen tema de conversación! Solucionan silencios, son un buen plan. Otra cosa es atenderlos, pensó Lucía, hacerse cargo. No quería enojarse. No tenía derecho a enojarse. Ni siquiera sabía. No habían tenido hijos hasta ahora, tan ocupados estaban ella y Gustavo en sus proyectos personales, en hacerse un lugar en el mundo social y profesional.  A veces sospechaba que el precario equilibrio entre ellos no sería suficiente para incorporar más personas, y menos esas dulces y demandantes personitas que ella imaginaba eran los hijos. Estaba hecha un lío.
 -Se hace tarde -se había oído decir cortando el hilo de sus pensamientos- me tengo que ir, Marce. Pero nos vemos pronto.
-Sí, claro -asintió Marcela, quizás también ella aliviada- ¿No te importa que no te acompañe? Voy a dormir un rato antes de que llegue Daniel.
-No, nada, no, dejales besos a todos. Nos vemos.
 Tenía la sensación de haber salido huyendo. Se sentía  cobarde y sucia. Una traidora. Corrió hasta la rambla y caminó hasta calmarse. Llamó a Gustavo y se enteró que aquel estaba complicado para ir al cine, que iba a llegar tarde, que si quería se encontraban a la salida para ir a cenar, que, que… ¡Qué mierda con Gustavo! ¿Es que no podía darse cuenta de lo mucho qué lo necesitaba? Ella lo quería en sus momentos negros, qué la adivinara, qué la rescatara. Estaba harta, harta de todo. Y no le quedaban puchos. Decidió esperar el ómnibus para volver a su casa.
Había empezado el atardecer y el cielo se volvía cada vez más azul eléctrico. Al mar oscurecido, las olitas le dibujaban sonrisas blancas aquí y allá. Las gaviotas giraban concentradas y alguna nubecita perdida se movía muy lentamente. Sintió como la calma también se instalaba en su cuerpo. Se dio cuenta que sus dedos llevaban un rato jugando con los coquitos de eucaliptus que abundaban en sus bolsillos.

De Cuentos por su cuenta
Mención 2do Concurso de Cuentos Horacio Quiroga




 El campo.
                                                                        
La carretera se hunde en la tierra roja hasta el horizonte plomizo. Un convaleciente sol primaveral tiñe el aire de amarillo. Del otro lado de los alambrados se extiende el verde. Viajo por la ruta que recorrí tantas veces con mi padre. Me asaltan los recuerdos y quiebran la monotonía del camino.
Papá era contador, gerente en un banco, pero siempre que podía se escapaba a la estancia. Y, la mayoría de las veces, me dejaba acompañarlo. Él fumaba mucho en el viaje. Nos gustaba comentar cómo se veía el campo, si seco, si verde; yo preguntaba qué era lo que se veía plantado; a veces, nos llamaba la atención la marca en el asfalto de algún frenazo. O el estado de un camión. Pero la mayor parte del camino, la hacíamos en silencio. Era cómo nos entendíamos él y yo.
En el campo estaba el tío. Era un hombre grande, alegre, casi gordo, se vestía de bombachas y boina. Tenía la piel muy quemada y curtida. Yo siempre lo conocí soltero, pero eso era porque su primera y única mujer se había ido con otro hacía muchos años, y de eso no se hablaba. 
Los días en el campo eran muy largos. Nos levantábamos de madrugada para salir a caballo, de recorrida, a ver el estado del ganado y, según la época del año, había distintas tareas que hacer: capar novillos, bañar los bichos, vacunar.
 En las noches de invierno, luego de cenar, nos acomodábamos alrededor de la estufa de la vieja cocina. Yo tenía la costumbre de recostarme sobre un cuero de oveja, con la cabeza apoyada en un recado y taparme con un poncho patria. Desde mi rincón veía a los hombres ocupados en su charla a través de las llamas. Al tío le gustaba contar largas historias. El campo entonces, tan solitario y calmo como se me aparecía en el día, se poblaba de fantasmas y aparecidos, de habitantes atravesados por el drama de vivir. Había una historia que el tío solía evocar en noches de tormenta cuando el viento aullaba alrededor de la casa y la lluvia rebotaba con estruendo en los techos de zinc. 
Siempre empezaba diciendo:
-Fue una noche como ésta, de hace tantos años, pero me acuerdo como si fuera hoy. Tuvimos que ir con el Viejo a la comisaría, cuando se murieron los del campo de al lado.
Y entonces se enfrascaban con papá en recordar a los vecinos. Un matrimonio, emparentado con mi abuelo, que había tenido dos hijos. El varón que se había ido a estudiar a la capital y se había quedado a vivir allá y la hija que vivía con ellos. Se había hecho mujer y estaba dedicada a ayudar a los viejos. No salía nunca a ningún lado de tanto que la celaba el padre y la protegía la madre.
- No se sabía si se había quedado soltera de fea nomás o porque el padre le corría los novios con escopeta, decía el Viejo siempre y se reía. Y yo me reía con él - recordaba el tío con esa voz que ponía cuando hablaba de mi abuelo como si en el mundo hubieran vivido sólo ellos dos.
El relato seguía con la llegada del comisario a la estancia para pedirle a mi tío y al abuelo que lo acompañaran para reconocer los cadáveres porque había habido un accidente.  Y el tío comentaba - ¡Y sí, con esta noche!, porque la tormenta ya estaba azotando el campo. Pero el accidente había sido antes de que empezara el temporal. El Viejo entonces preguntaba quién había muerto. Y se enteraban que los muertos eran el padre y la hija, porque la madre estaba en casa del hijo desde hacía un tiempo por problemas de salud.
El cuento variaba muy poco en cada ocasión. El tío repetía cada palabra y generaba una atmósfera de suspenso al narrarlo.  Mi padre y yo lo seguíamos con fascinación como si fuera siempre la primera vez que lo oíamos, con un dejo de ritual al que nos entregáramos los tres. 
El ambiente estaba lleno de humo. Mi tío fumaba tabaco y armaba un cigarro atrás de otro. Se burlaba de los cigarrillos de citadino de su hermano. Le hacía muchas bromas sobre su ignorancia de hombre de ciudad, siempre en el límite de la humillación. Lo trataba con una mezcla explosiva de impaciencia y cariño. Mi padre era más flaco, tenía más pelo y sus manos eran de dedos largos y nada toscas, pero le brillaba una lucecita de tristeza y envidia en los ojos cuando miraba al tío armar cigarros con sus dedos gordos y cortos.
Papá y su hermana eran muy chicos cuando su madre murió y fueron a vivir a la ciudad con una tía. A la muerte de su esposa, el abuelo había enloquecido de dolor. Era un invierno helado y él se paseaba como alma en pena llorando y golpeándose el pecho, casi desnudo y descalzo de día y de noche. Había descuidado por completo los negocios y su salud corría peligro. Con mucho sacrificio, mi tía abuela logró que su hermano dejara la larga borrachera que había empezado con su viudez. Pasaban horas y horas hablando por la noche frente al fuego. Un día los niños más chiquitos, que jugaban en el jardín, la vieron llegar desde el gallinero y corrieron hacia ella –Mamá, le dijeron y se refugiaron entre sus piernas. Mi abuelo se quedó con el mayor y entregó los menores a la tía. –Ingratos, dicen que dijo.
El momento culminante de la historia era cuando el tío rememoraba el reconocimiento de los vecinos muertos. Habían tenido que ir hasta el pueblo.
 -Fue una noche amarga, aseguraba.
Atravesaron el patio de la comisaría rumbo al galpón. Los paraísos habían escupido ramas y ramitas por todo el suelo y seguían sacudiéndose como poseídos. El techo retumbaba. El suelo era de tierra. Una lamparita desnuda y escasa colgaba de una viga. Había algunas cosas viejas, una que otra máquina, amontonadas aquí y allá contra las paredes y al fondo se veían unos pies apuntando al techo. Se acercaron.
-  A la primera que vi fue a ella -decía y su expresión nos preparaba para la sorpresa- No tenía ni un rasguño. Despedía una luz... Hasta linda estaba. Me acerqué a tocarla, no parecía muerta, pero la piel estaba helada. Le cerré los ojos, sin pensarlo. El comisario no dijo nada. El padre era otra cosa. Tenía las piernas encogidas y para cualquier lado. Las manos como garras como si se hubiera aferrado a algo antes de morir. La cabeza estaba cubierta con una bolsa de nylon. La retiré, quedaba solo media cara. El resto había volado, y en su lugar había músculo retorcido, hueso y sangre. El único ojo de la cara me miraba con restos de terror. Me volví a mirar de nuevo a la hija. Tenía una sonrisa en los labios, como dibujada. ¿Quién iba manejando? pregunté. No se sabe, dijo el comisario. Ella no parece asustada, me acuerdo que comenté. La muerte es cosa rara, dijo el Viejo y me apretó el hombro. Y, además, ¡se agarró de mi brazo cuando salíamos del galpón!- Las debilidades de El Viejo no eran hechos frecuentes en las memorias del tío.
 Mi tío había crecido salvaje y solitario, mano derecha de mi abuelo. Había ido unos años a la escuela del pueblo, pero de El Viejo había sacado toda su cultura y la sabiduría de la vida que ostentaba. Lo recordaba y lo citaba a cada rato. Papá, en esos casos, bajaba los ojos y se callaba. No tenía nunca nada que decir de su padre.
-Pasaron tantos años y todavía se me aparece la escena en sueños- era el remate final de la historia -Y es raro, porque no sueño con la cara deshecha del hombre. No, la que todavía me persigue, como un fantasma, es ella, con esa sonrisa tan...tan fuera de lugar, ¿no?
El plomo del horizonte se deshizo en tormenta apenas llegué al campo. Varios fantasmas son los que me acompañan esta noche en la vieja cocina. Veo las sombras de mi padre y de mi tío fumar. Convocados por el temporal tampoco pueden faltar los vecinos, el hombre con el único ojo aterrorizado y la hija que me sonríe serena y pálida. También me acompaña El Viejo, el abuelo que me inventé a través de los cuentos de la familia y que hoy se me figura como un hombre amargado y enojado con el mundo desde su viudez. Los miro aparecer y desvanecerse en los movimientos de las llamas. Trato de escucharlos, el chisporroteo del fuego tapa sus voces. Me alcanzan a través del humo la mirada cargada de tristeza y nostalgia de mi padre, la lucecita burlona siempre encendida en el fondo de los ojos de mi tío.
Me recosté en el cuero de oveja, apoyé mi cabeza en el recado y me tapé con el poncho patria. Mañana me espera una larga jornada. Mañana vienen los camiones de mudanza a llevarse a remate las maquinarias, las monturas y los muebles. Mañana entrego el campo a sus nuevos dueños.
De Cuentos por su cuenta
Mención 2do Concurso de Cuentos Horacio Quiroga







Un domingo.

Es el tercer cajón de la cómoda que abre sin encontrar el suéter rosado. Marcelo está abajo, inquieto, hace tintinear las llaves del auto y se asoma a la escalera a gritar: Paula, ¿estás lista? Un instante, mi amor. No quiero ir, piensa Paula cerrando los ojos, fuerte, como si así pudiera borrar a Marcelo, al suéter que no aparece, la ida al aeropuerto. Amor, andá tu, Mariana y Gonzalo van a entender. Yo los espero aquí y termino de aprontar todo ¿Puede ser? Silencio. Marcelo lo está pensando. Es tan inseguro. Debe estar imaginando qué van a decir cuando no nos vean juntos. Sí, está bien. Pienso que en una hora estamos por aquí, Pauli, beso. Beso. Y por fin se cierra la puerta. El silencio.
Paula se tira sobre la cama. Necesita el suéter. El suéter rosado. Es como una coraza. Un escudo. Como la mini para los exámenes del liceo y los zapatos negros de taco para las reuniones de trabajo. Hoy necesita el suéter rosa. No puede hacer frente a Mariana, Gonzalo, sus niños y los suegros que estarán al llegar, sin ese suéter. Todos los Domínguez en pleno. Sonrientes, irónicos, felices de estar juntos, hablando entre ellos como si todo el mundo compartiera sus códigos cerrados, sus chistes burdos, las anécdotas familiares repetidas una y mil veces. ¿Qué te duele tanto, Paulita? Suspira y se levanta, abre el ropero y ahí estaba el suéter. En el primer estante. Sí, es un lugar adecuado para un suéter. Pero no se le había ocurrido antes buscarlo ahí. Se lo pone y se cambia los championes por unos mocasines nuevos. Son lindos y le quedan bien con el jean. Se mira al espejo, todavía estás bien, nena, se dice como resultado de su inspección. Mejor así. Mejor quedarse en casa.
Se da una última vuelta por la barbacoa que preparó para recibir a la familia de su cuñada. Siempre la usan de cuarto de huéspedes cuando ellos vienen de Buenos Aires. Es solo por esta noche. Mañana temprano seguirán viaje rumbo a Punta del Este.
Ya tiene todo pronto. A la carne le falta un golpe de horno para que quede bien. Y se lo dará mientras sirve el copetín. Las ensaladas están prontas y las preparará al llevarlas a la mesa, para que no se pasen. La mesa está puesta, el living ordenado. Hoy se levantó temprano. Fue a la feria compró verdura, fruta para la ensalada de postre, con helado de crema, y flores. Unos ramos de margaritas bien blancas y con pétalos grandes que le dan a la casa un aire alegre. Marcelo eligió los vinos y compró el pan en la panadería que le gusta a la madre. Todo está perfecto.
Marcelo maneja con cuidado. Tiene prendida la radio y escucha distraído las noticias, el tiempo, los comentarios del partido que se jugará en la tarde. Está sobrado para llegar al aeropuerto. Pero estaba ansioso por salir de la casa. Paula se pone tan pesada cuando tienen que recibir a su familia. En la mañana le hizo un berrinche porque él no se quería levantar y se iba a acabar el pan fresco. Es como si tuviera que pasar un examen. Lo distrae el celular. Sí, mamá, estoy camino al aeropuerto. Sí, tengo todos los datos, sé en que avión llegan, estoy con tiempo. ¿Paula? No, no vino, se quedó a arreglar los últimos detalles. No es nada mamá, la van a ver en cuanto lleguen a la casa. Si, está bien, claro que está bien. Sí, en una hora pienso estar de vuelta con todos. Eso, vayan con papá en una hora. No, ya compramos todo. No, no lleven nada, bueno si, si querés para la tarde unas masas. Ahí va, nos vemos, chau. El tránsito está tranquilo, además el aeropuerto está cerca. El avión acaba de aterrizar según el aviso en la tele de la sala de arribos. Saludos, abrazos, cumplidos. ¿Paula está bien? pregunta Mariana con voz de circunstancias, apenas él arranca. ¿Y los negocios? carraspea Gonzalo. Marcelo opta por contestar esta última pregunta y se enfrasca en contarle las ventajas de un nuevo software que está ideando con su empresa.
Sentada en uno de los taburetes altos de la cocina, Paula fuma y mira por los ventanales al jardín. Las matas de rosales. Tiene que llamar a Roberto el jardinero para que venga esta semana. Escucha cerrarse las puertas de la camioneta y se dispone a recibirlos. Sonríe a su imagen en el espejo del hall y abre la puerta y los brazos para recibir a sus sobrinos que corren hacia ella. Cuidado con Paula, chicos, todavía está débil, ¡no sean salvajes! grita Mariana desde el auto. No es nada, dice Paula. Ya entraban a la casa cuando llegaron los suegros.
El almuerzo está casi terminando. No fue peor que otros. Los chicos ayudan a Paula a levantar la mesa y a lavar la cocina. Después se van al estar a ver tele. Una larga sobremesa frente a la estufa del living, con café y masas, estira la tarde. Margara y Mariana logran cercar a Paula  y preguntarle en voz baja y cómplice si se encuentra bien. Un embarazo perdido puede tener que ver con problemas psicológicos, no sólo físicos, dice Margara y pregunta: ¿No te convendría consultar un psiquiatra, querida? Mariana la traspasa con la mirada. No seas bestia, mamá, dice. Paula sonríe. Puede ser, dice, y sonríe. Cuando puede se refugia en la cocina con la excusa de buscar más café y licor. Cuando vuelve a la sala, se sienta en la alfombra lanuda, a los pies de Marcelo y ya no se separa de él. Los dedos largos y con las puntas frías de su marido le acarician el cuello. Maquinalmente.  La devuelven a la rutina de su amor.
Hace un rato que están en la cama. Paula escucha los ladridos lejanos de los perros. Marcelo estira la mano y le toca el muslo. ¿Estás bien, Pauli? murmura medio dormido. Paula le acaricia el brazo. No le contesta. No hubiera sabido qué contestarle. Estaba pensando en regalar el suéter rosado.  
De Cuentos por su cuenta
Mención Concurso Horacio Quiroga 2010
Escultura de José Luis Cuevas


Los muertos
¿Han visitado alguna vez el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires? Yo nunca había entrado, aun cuando era una asidua visitante de la plaza, sus boliches y alrededores.
 Una tarde de la última primavera, de esas en las que el sol despierta sentidos en la piel,  paseaba por la zona y me tentó. Apenas entrar,  un gato parecía esperar a los visitantes frente a un pequeño panteón gótico de mármol oscuro, limpiándose las patas sobre un banco de granito gris. Era un gato de angora con un pelaje brillante y largo, blanco y negro,  que asombraba por su delicadeza y pulcritud. Como si  fuera consciente de la atención que provocaba, se movía lánguido, ofreciéndose en variadas y atractivas posturas. Me entretuve sacándole varias fotos desde una cierta distancia y, en algún momento, me acerqué. En ese entonces una joven francesa, equipada con una cámara muy superior a la mía, también se acercó. 
 El gato clavó sus ojos en mí. Sentí como si una fuerza potente y furibunda emanara de su mirada y me empujara. Retrocedí con un escalofrío. Cuando me hube alejado, él se enfocó hacia la cámara francesa, brindando su mejor pose, la que me había engatusado al entrar. Un poco aturdida, me interné por los pasillos del cementerio.
 Nada más dar la vuelta, a mitad de un corredor de pequeños, agudos y rotos panteones, se extendía una gran tumba en forma de explanada. En ella, más de veinte gatos tomaban sol. Se lamían, dormitaban. Uno en particular, el jefe de la pandilla - lo supe apenas verlo- , grande y gris, de pelo hirsuto, me dedicó una mirada de sus ojos amarillos y un escándalo empezó. De todos los sepulcros vecinos un río incesante de murmullos, cuchicheos y susurros se tendía hacia mí. Grité sin darme cuenta. Mi propio grito me sobresaltó y aunque disminuyó un poco esos ecos que me aturdían no los eliminó. Sintiéndome muy extraña giré en redondo y salí.
 El alegre bullicio humano de visitantes y vendedores me reconfortó un poco. Me senté en el parque, frente a la entrada. Desde allí veía como el gato dandy seguía brindándose a los turistas fotógrafos.
 Me forcé a alejarme del extraño encanto que ejercía sobre mí y me encaminé al antiguo convento de monjes recoletos, donde hoy funciona el Centro Cultural. Me senté, como tantas otras veces, en uno de sus patios bajo un añoso tilo y me invadió un silencio recogido que me trajo serenidad.
 El ómnibus me arrolló en la Avenida de Mayo, a la altura de la 9 de julio, esa misma noche. Sus faros se encendieron en el último minuto. Quedé azorada,  fijada al asfalto. Parecían los ojos de los gatos.
 Ahora soy uno más de este infinito fluir que avanza, siempre adelante, si es que hay un adelante. Cada tanto el amor inconsolable de algún viviente nos arrastra y lo visitamos por segundos. Volvemos a sentir la ternura tibia de la carne rodeando esta fría esencia al colarnos en sus risas o sus gestos. Algunos de nosotros saben encarnar en animales por voluntad propia. Pero para la mayoría, el llamado de los cuerpos nunca dura más de unos instantes y enseguida volvemos a nuestro lugar. Aquí en este río incesante de murmullos, cuchicheos, susurros, en esta nada en movimiento que somos. 
En Cuentos por su cuenta- Mención concurso
Horacio Quiroga 2010




LA FRANCESA QUE VINO DEL MAR

Puede sentir el aire frío y cortante del amanecer en su cara. Posar sus ojos en el vasto océano que la rodea y vaciar su mente, aspirándolo. La baranda húmeda del barco se incrusta en los huesos de sus antebrazos. En su corazón, late la esperanza que la impulsó a enfrentarse a la soledad y a la incertidumbre. También aletean los miedos a su alrededor. Despertar en la noche con los pies entumecidos, acomodar el chal para envolverse la cabeza y apoyarla en ese hombro amigo, desconocido antes de que los uniera la misma huida, la misma búsqueda. Y el sueño que la vence otra vez. Un sueño mecido por las olas. Lleno de presencias. De despedidas. La cara de la madre, ladeada para no mostrar las lágrimas. La ternura, en los surcos profundos que forman el rostro de su padre. Su hermano. Su primo. El fondo de hombres y mujeres cada vez más pequeños en el muelle, parientes de todos los que con ella van a enfrentar el mar, porque el hambre es más fuerte que el miedo. La sigue la música, las melodías que tocaban en la tienda aquellas tardes de invierno, donde se reunían distintas generaciones a regalarse su arte...
En todas las familias siempre hay una síntesis de cuentos que se repiten al infinito como marca de fábrica o sello de una estirpe. A esta categoría pertenecen las historias de cumpleaños de Grand-maman. El día que cumplió ochenta años, la quinta se llenó de hijos, nietos, bisnietos y amigos. Todos traían sus regalos y sus respetos. Ella los esperaba con una sorpresa. Para festejar, había plantado un nogal. Muchos comentaron escépticos ese acto de fe. Y diez años después, comieron nueces en su cumpleaños número noventa. Con la centena en el horizonte, Grand-maman había enterrado a su marido y a más de un hijo. Al cumplir noventa y cinco, declaró ante su familia que Dios la había olvidado, pero que confiaba en que alguna noche la recordaría. A partir de entonces durmió vestida con su mejor traje, alhajada con sus joyas más preciadas y los brazos en cruz. Le tocó cumplir noventa y seis antes de que Dios la recordara y se la llevara, dispuesta para su último viaje. Así era Grand-maman, la antepasada francesa que enfrentó con la misma terquedad la vida que la muerte.
Amanda oyó esas anécdotas muchas veces en su infancia, mezcladas con las historias de los viajes del tatarabuelo navegante, pero, con los misterios que guardan los mitos familiares, la única gran travesía de su tatarabuela se había borrado de un plumazo. Grand-maman había sido una inmigrante solitaria que desembarcó en estas orillas para ganarse la vida enseñando piano, en plena Guerra Grande. Había viajado equipada con sus ilusiones. Entre ellas, la de volver a su país. Sin embargo, se hizo alguien en estas tierras. Un retrato en sepia: una matriarca de ojos sedentarios, rodeada de sus hijos y de sus nietos. Las raíces del árbol familiar.
No fue hasta hacerse mayor que Amanda descubrió el diario de cartas de Grand-maman, el relato que ella dejó de sus primeros cinco años de vida en estas tierras perdidas. Las cartas. Espejos esfumados. Corregidos. Aligerados. Fragmentos que quieren ser reflejos de la vida. Pero que no se animan (¿es posible?) a desnudarla. Tachaduras que marcan un cambio de ritmo, de tema, de énfasis. O subrayan un desborde que quiere ser señalado y olvidado a la vez, que nos invitan a leer entre líneas. Elegimos cómo nos dibujamos para otros. O para nosotros mismos. Queremos creernos así. O que nos crean así. Pero, a veces, enviamos pistas para que nos sepan diferentes. Para que el otro se asome con nosotros a esos infiernos, honduras, pliegues que todos llevamos dentro y que no nos atrevemos a mostrar. Y, sin embargo, desearíamos que ese otro descubriera y nos confirmara su amor. Para poder querernos nosotros también. Así, con todo y nuestros misterios. Cartas. Retratos. Pequeñas narraciones que no se completan jamás. Que están siempre abiertas a otra lectura. Como la vida que quieren contar.
Al recorrer el viejo cuaderno de Grand-maman, a Amanda no le cuesta imaginarla. Cierra los ojos y la ve: una mujer que descansa en actitud abandonada, con la cabeza sobre el brazo, apoyada en una mesa de cocina, iluminada por una lámpara de aceite. Un tímido rulo negro, escapado de su moño, le dibuja una onda sobre su cuello blanco. La pluma mancha la mesa con las gotas de tinta que aún le quedan. Una hoja escrita a medias sobresale por debajo de su brazo. Una carta aún sin terminar. Una más de las recopilaciones domésticas, minuciosas, que ella envía periódicamente a su familia en Francia. En las que cuenta de sus comidas, de alguna receta recién aprendida, de cómo siguen las clases. Pide que no le retaceen noticias y pregunta por quienes no le han escrito aún. Recrea las tardes de domingo en la tienda, cada uno con su instrumento. Festejando la vida...
Ruega que no la olviden y, acto seguido, reclama nuevas partituras para poder cambiar su repertorio, porque la pobreza cultural que encuentra en estas tierras es muy grande y no quiere que la venza. Intercala noticias de la guerra, que no le permite ahorrar como para enviarles dinero, con sus impresiones sobre las tertulias que comparte con otros franceses. Hace referencias veladas al dolor causado por alguna ilusión perdida; el racconto de los vestidos que se ha confeccionado y de los que esboza algunos dibujos; narra pequeñas anécdotas sobre Montevideo y sus costumbres, un triste remedo de su ciudad natal. Ni exótica para sorprenderla hasta el olvido, ni tan atractiva y tentadora como la que abandonó.
Junto con los sentimientos se expresan detalles de su carácter fuerte y práctico. Preocupada por una larga serie de naufragios de la compañía naviera francesa, busca la solución en los barcos ingleses. Pero pide a sus familiares que averigüen y comparen en Burdeos los precios de los envíos, para ver si lo que se cobra por la seguridad es adecuado y no un gasto excesivo. Se preocupa más por la situación económica de ellos que por la suya propia. Una ciudad en guerra, sitiada, no permite muchas ganancias pero tampoco muchos gastos; y una señorita sola, que ha sido alojada en los primeros tiempos en una casa de familia, sobrevive sin demasiados ingresos. Delicada, cuidadosa de sus seres queridos, prefiere no escribir cuando la gana el desánimo y solo lo menciona sin darle mayor importancia cuando este ya pasó. Detalla también el camino que la llevó a superarlo, una nueva alumna, una reunión amable, las novedades de allende el mar ¿Qué la trajo a Montevideo? Una ciudad pequeña, no muy próspera, asediada desde hacía años por luchas que no parecían tener fin. ¿Qué la mantuvo en Montevideo? Amanda teje la historia de Grand-maman, la francesa que vino del mar, en el telar de su memoria, desde las cartas, desde los fragmentos recogidos en los relatos de su madre, de sus tías, de su abuela.
Era invierno. El primo Albert le escribió para decirle que, siguiendo su consejo, partía también de la ciudad. Iba a probar suerte en el mar. Iba a perderse en el Oriente. No en América. No en Montevideo, esta olvidada plaza fuerte donde ella sobrevivía hacía cuatro años, como todos los demás habitantes, sumida en un conflicto que no entendía pero que tampoco la asustaba, y al que le debía su comodidad e independencia. Gracias a la guerra había logrado alquilar una hermosa mansión amueblada, que había sido abandonada por sus dueños, con todas sus pertenencias, por estar ubicada en la línea de fuego. Sentada junto a la estufa, en esa casa, había recorrido cada letra. Había imaginado la mano de él al trazarla, su voz queda al decirla. Lo había vislumbrado en la oscuridad de la noche, iluminados apenas por una vela el papel y su cara, su amada cara, inclinada sobre esas frías y dolorosas palabras. Podía sentir el rasgueo de la pluma sobre el papel. Y lo peor, era saber que él no era capaz de intuir el daño que le causaría. Podía ver su media sonrisa y sus ojos brillantes al recordarla. Nunca se había enterado de su amor. Nunca la había amado como ella a él. No la hería voluntariamente. Solo la hería. Tanto tiempo se había aferrado a su ilusión. Pensaba que si él venía aquí, tan lejos, podría encontrarla. Desear ser su hombre y hacer de ella su mujer. Él querría contarle los secretos que guardaba en sus ojos verdes, cuando dejaba que su vista se perdiera en el abismo de las noches oscuras y estrelladas de verano, que solían compartir. Ella sería su atenta escucha, su cántaro vacío para que él volcara historias, deseos, vergüenzas, penas y alegrías. Y, si Dios quería, para llenarle el vientre de hijos. Quemó la carta que, por no nombrarla, mató su ilusión. Quemó la carta y lloró. Y no dejó de llorar y de gemir hasta que la última vela se ahogó en su sebo y la última astilla se convirtió en ceniza. Ya amanecía y los ejércitos reiniciaban sus cañonazos a unas cuadras de su ventana.
Con el tiempo, la guerra terminó. Florecieron los bailes y las reuniones en la ciudad liberada. Alejado el amor, a Grand-maman la alcanzó el matrimonio en estas tierras. Y así nació la familia. Pero en algún retazo del olvido, su pequeña historia de amor se reinventaba y las mujeres la confesaban frente a aquel viejo daguerrotipo. Al centro, se destacaban el tatarabuelo, con su estampa patriarcal, y Grand-maman, matrona ya, rodeados de sus hijos. Un poco al margen del retrato se veía al primo Albert, venido desde la India, en su única visita. Un hombre flaco, de mirada melancólica, enmarcada por una melena irregular. La seductora sombra de lo imposible se colaba en los susurros de la mitología doméstica, rondando la implacable realidad de lo alcanzado.

Este cuento fue seleccionado en el concurso Mujeres con Hormonas,
De Laboratorio Schering- Ed. Santillana,
Mujeres con Hormonas, Ed. Santillana, Montevideo - 2008

porque llegó el otoño y arrancamos con los guisos de lentejas...y hay que picar cebolla ...
 La cebolla
La cebolla es escarcha cerrada y pobre, escarcha de tus días y de mis noches….escribió Miguel Hernández, uno de los más grandes poetas del dolor en habla hispana, sino el más grande, piensa ella que de poesía sabe poco y nada. Lo poco que leyó en sus años de liceo, la nada que rascó de la biblioteca de sus  padres. De Miguel Hernández sabe lo que cantó Serrat. La cebolla es escarcha, cerrada y pobreUmbrío por la pena, casi bruno, pena con pena y pena desayuno, otro poema que está en el mismo disco. Tardes de lluvia escuchando a Serrat y a Patxi Andión para repetir hasta al anochecer me está doliendo una pena, y no la puedo callar… en aquellos años en los que el dolor se encerraba en una canción y ella escuchaba discos para imaginarlo.
Se seca las lágrimas con el dorso de la mano y el olor de la cebolla impregnado en los dedos le pica en la nariz y refuerza su llanto. Corre al baño a lavarse.
La cebolla también es la base de la salsa de tomate, de la ensalada mixta, de las risas entre lágrimas en la cocina,  del sabor de las axilas.
La cebolla puede ser, además, la coartada perfecta para llorar sin descubrir la angustia, para no dar ese beso que le piden o hasta para rechazar un abrazo.
Mientras se ducha, se viste y se perfuma, piensa que atrás quedaron las épocas en que tenía que ir a buscar el dolor en las canciones. Hoy escucha sobre todo a Charlie y a Sabina. Ellos tienen otra forma de cantar el dolor. Más cínica tal vez.
La mesa está puesta para dos, con velas e individuales nuevos. Ella se esmera en los últimos aprontes. En cualquier momento, sonará el timbre.
-Tenés tantas capas como una cebolla, se rió él mientras la miraba desnudarse después del postre y el café.
Tantas capas como una cebolla tiene mi alma, pensó ella, al sumergirse en su abrazo.

Este texto integra la selección "Cuentos por su cuenta"
Mención en el concurso de cuentos Horacio Quiroga 2010





CUESTION DE ORDEN 
A la memoria de mi padre
 

El hombre llegó temprano al pueblo. Estacionó frente a la estación y bajó de la camioneta. Una vieja Ford del 55, pintada de azul, con algunos golpes en las puertas y en los guardabarros donde se había saltado un poco la pintura. El camión no había llegado todavía. Estaba clareando recién. El boliche ya estaba abierto, esperando el tren. Se acercó al viejo mostrador de madera y pidió un café. Prendió un cigarrillo y se puso a conversar con el bolichero. Estaba frío. Había helado. Todavía se veía la escarcha sobre el pasto. Terminó el café y dijo: Me voy a hacer los trámites y vuelvo. Tenía que llenar y sellar las guías en la comisaría para embarcar el ganado. Se fue caminando y no vio ni un alma. Entró en la casona gris, frente a la plaza, que ostentaba un esmaltado escudo sobre la puerta. Una vieja estufa de gas calentaba la única sala abierta, a la derecha de la entrada. Se frotó las manos y las sopló. Se le habían helado en el camino. Un hombre joven, vestido de paisano, que le pareció vagamente conocido, se acercó al mostrador.
-Buen día, Don.
-Buen día, ¿estás por aquí, ahora? preguntó.
-Y sí, dijo el otro, por lo menos por un tiempo. ¿En qué lo puedo servir? El comisario no llegó todavía y el de guardia se fue temprano.
-Ah, son las guías, vine a embarcar ganado, dijo el hombre.
 -Bueno, dijo el otro, deme que se las voy llenando.
Se sentó en el escritorio y con la vieja máquina de escribir de la comisaría, tecleando con un dedo, llenó las formas. Se las dio para que comprobara que estaba todo bien y firmara. El hombre se puso los lentes en la punta de la nariz, leyó y después firmó. El más joven dijo: Para la firma de acá vamos a tener que esperar al comisario, porque lo que es yo, no puedo firmar.
-Ah, dijo el hombre, ¿sos nuevo en esto?
-No, dijo el otro y lo miró fijo. Después bajó los ojos, se puso a liar un cigarrillo, lamió el borde de las hojillas, se puso el  cigarrillo en la boca, volvió a mirar al hombre de frente  y agregó: Maté a uno en una pelea, don, y tengo para unos años. Yo, acá, soy el preso.

Este relato integra la selección "Cuentos por su cuenta"
Mención en el concurso de cuentos Horacio Quiroga 2010 





Las boleadoras



Pies de piel tostada se hunden en las arenas blancas y calientes. Los cuerpos tensos, arqueados, avanzan en corridas cortas subiendo la duna. Somos tres. Yo me agacho un minuto y la contemplo, antes de lanzarme corriendo y gritando sobre ella. Tiene el pelo oscuro, la piel blanca. Está arrodillada y rastrilla con sus manos el suelo, palmo a palmo. Es mi madre.

Con mis hermanos jugamos a los indios todo a lo largo de la playa que bordea el campo de mi abuelo sobre el Río Negro. Ella se dedica a buscar en las orillas restos de cerámicas, de boleadoras, puntas de flecha. Rastros de las tribus que acampaban en estas zonas cuando existían. Ahora los indios somos nosotros y, con suerte, si ella está de buen humor, nos deja jugar con alguna punta de flecha o boleadora.

Las cerámicas las guarda en cajas de zapatos entre algodones, con fichas que identifican el lugar y la fecha en que las encontró. Algunas veces, muy pocas, nos llama y nos las muestra.  Nos deja tocarlas para sentir las texturas -lisa, rugosa, áspera, a veces suave- de esos pedazos. En esos momentos nos mira con ojos vigilantes y alegres. Somos conscientes que nos otorga un privilegio, aun cuando no sepamos a ciencia cierta cuál es.

Retazos de recuerdos me invaden. El campo, mis padres, mis abuelos. Una mano en la mía para enseñarme a abrir porteras, una voz suave que, al volver del pueblo,  me ayuda a controlar la ansiedad de mi caballo al avistar las casas, largas recorridas compartiendo horizontes y silencios.

Mi padre, mis tías, mi madre, mis abuelos, todos sentados alrededor del fogón, riendo de los días y de las noches, hablando de las gentes y de los miedos. Los niños, nosotros, expectantes, escondidos entre los transparentes, los miramos reír y tomar vino. Y preocuparse también. Son tiempos difíciles, de persecuciones, exilios y muertes. Será una de las últimas veces que la familia esté toda reunida. Entonces nos llaman, está pronto el asado gritan,  nos imaginan jugando lejos, y les hacemos creer, llegando a las corridas y empujones que no sabemos lo que les pasa.

Descansan en el fondo de un ropero. Entreveradas entre botas de campo mohosas y cajas de zapatos con restos de algodón. Las rescato y me entretengo con ellas. Las boleadoras. Rugosa, pesada, de color verdoso, en mi mano izquierda. Lisa, liviana, surcada por un canal que la divide en dos, negra, en mi mano derecha. Cierro los ojos y me concentro en sentirlas. Alguien tose. El estruendo de una moto araña la calle. Una silla gime en algún lado del cuarto.  No hay transparentes donde escondernos. Mis hermanos y yo levantamos la casa de mis padres.
Este cuento integra Cuentos por su cuenta,
colección que obtuvo una mención en la 2da. Edición
del concurso de cuentos Horacio Quiroga,organizado
por la Int.de Salto y la Casa Horacio Quiroga en 2010.





 El tobogán


Analía miraba a su hija deslizarse una y otra vez por el tobogán de la plaza. Concentrada, silenciosa, Julia no jugaba ni hablaba con los otros niños. Desde que el aire recuperó la tibieza de la primavera y los días se hicieron más largos, habían inaugurado la rutina del parque por las tardes.
Analía salía del trabajo y pasaba a buscar a Julia por el jardín de infantes. Compraban un jugo y bizcochos en la panadería de mitad de cuadra, merendaban sentadas en el muro de piedra que rodeaba la placita y luego Julia, seria y ceremoniosa, se iba a jugar al tobogán. Analía la esperaba.
Al caer el sol, se dirigió a la abertura en el pequeño muro. Era la señal convenida para que Julia fuera hacia ella y emprendieran el regreso a casa. Analía arropó con la campera a la niña, pues el aire estaba cada vez más frío. Caminaron tomadas de la mano hacia el edificio de apartamentos donde vivían.
-¿Por qué te gusta tanto el tobogán? preguntó la madre. Julia lo pensó un momento y contestó: por esa sensación, como que la barriga se me agujerea y la cabeza me vuela, sabes, mamá.
-Ah, si, se llama vértigo.
-¿Es así como se llama? preguntó la niña.
-Si, mi amor, vértigo.
En la puerta del edificio se demoraron un poco pues Analía no encontraba las llaves en su bolso. El viento bailaba entre papeles, faldas y cabelleras. Los transeúntes se apuraban y levantaban el cuello de sus abrigos. Cuando entraron en el apartamento las recibió Bolita, el gato callejero que habían adoptado al mudarse. Bolita maullaba y se refregaba contra las piernas de madre e hija. Luego del ritual del saludo corrió a la cocina a esperar que le sirvieran la leche de la tarde en su plato azul. Mientras Analía sacaba la jarra y ponía la leche en el plato, Julia en cuclillas acariciaba al gato y le contaba en voz muy baja su día en la escuela.
Luego de la cena y un rato de tele se fueron a dormir. Julia dormía con Bolita en su cuarto, pintado de rosa viejo y con sus dibujos pinchados con alfileres en las grandes carteleras de corcho que su mamá había colgado en las paredes. También había fotos entreveradas con los dibujos: de su mamá, de ella, de los abuelos y una del papá con ella de chiquita.
Analía estaba encogida en su lado de la cama. El lado que había sido de Rodolfo estaba ocupado con la cartera, libros, algún diario, la ropa del día y suéteres que se iban acumulando. Bultos. Arrollada sobre si misma, Analía empezó a llorar, como casi todas las noches desde entonces. Trataba de hacerlo bajito para no despertar y atemorizar a Julia, pero esa noche, con el temporal aullando en las persianas, se encontró con la carita de su hija mirándola y preguntando:
-¿Qué te pasa, mamá? ¿qué tenés?
Su manito regordeta y calentita le acariciaba la cara y se empapaba con sus lágrimas. Analía sonrió apenas y  le hizo un lugar en la cama para que se acurrucara junta a ella bajo las frazadas.
-¿Qué te pasó, te asustó el viento, mamita? preguntó la niña, que se dejaba acariciar como un gatito, pegada su espalda al vientre de su madre.
-No, mi amor, no fue el viento. Es que tenía un vacío en el estómago, la cabeza como ida, no sé.
-Ah, el vértigo, mami.
–Si, sonrió Analía, el vértigo, mi amor.
-Pero ¿sin tobogán?.
-Si, Julia, sin tobogán.
Este cuento fue publicado en Recuentos Urbanos,
 Palabras y Plumas Editores, 2009, MÉXICO

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Ritos
 
La noche empezó con ansias de escapar. De la rutina, de los platos y ollas amontonados en el fregadero de la cocina. De las manchas de salsa y aceite de las paredes. Del pis del cachorro en medio de la alfombra del living. De los gritos de los adolescentes. De la pila de ropa tirada y sucia rodeando el lavarropas.
   Se duchó. Se arregló el pelo, se puso rimel en las pestañas y un poco de base. Se vistió. Se dio un golpe en cada nalga frente al espejo. Cerró la puerta del dormitorio. Gritó: Me voy, y no esperó respuesta. Era primavera. La calle estaba más cálida que el interior del apartamento. Se bajó un poco el cierre de la campera de hilo grueso celeste. Tenía para pagarse tres wiskies. Tenía que moverse rápido para lograr que alguien la invitara, sino no le iba a alcanzar. Empezó la ronda de los boliches.
   Sacudió un pie. Tenía dormida la pierna de la rodilla para abajo. Estaba toda enrollada. Abrió un ojo. La cabeza le pesaba. Se tomó la rodilla con las dos manos y sacudió la pierna. Empezó a sentir como si la pincharan mil agujetas. Se sentó. Estaba en el asiento de atrás de un auto que no era de ella. Y el auto estaba en un garaje. Que no reconocía por cierto. Estaba tapada con un saco azul que no tenía nada en los bolsillos. Miró el reloj. Eran las siete. De la mañana sin duda. Se bajó. La portezuela al cerrar hizo un estruendo. Se agarró la cabeza con las manos y se apoyó en el capó. El dolor en la pierna había cedido. Caminó hasta la salida. A la derecha había unos botones de colores. Apretó el verde. El portón se abrió. Salió a la calle. Miró a los lados y al edificio. No lo recordaba. Chequeó en los bolsillos del vaquero y no le quedaba un peso. Buscó en los de la campera y encontró el paquete de cigarrillos sin terminar y un encendedor verde. El de ella había sido rojo. Prendió un cigarro y se fue caminando. No cerró el portón.
   Llegó a su casa una hora y tres cigarrillos después. Abrió la puerta de la cocina. La mugre seguía allí. Se asomó a los dormitorios. Los adolescentes dormían a pata suelta. En el living el cachorro había ampliado los charcos y coronado una esquina con algo más. La tele estaba prendida. Estaban dando una serie cómica, pero no se oían las carcajadas porque estaba en mudo. La apagó. Fue hasta su dormitorio y cerró la puerta. Se enredó en el acolchado y se durmió.
   La noche siguiente empezó con ansias de huir. De la rutina.

Este cuento fue publicado en la recopilación Voces con Vida,
Palabras y Plumas Editores,
2008, México
publicado en Revista Hipoética Año III- Julio 2011- No. 23- Paysandú- Uruguay 

1 comentario:

  1. ¿Me autorizas a publicar "Cuestión de orden" en Pluma y Café? Es un periódico que se adjunta a la Revista La Pluma del Ganso (literaria bimestral que tiene 17 años de existencia y se distribuye bastante bien en todo el país), que edito en México. Mi correo es danton@laplumadelganso.com

    y te ruego contestarme en cualquier caso.

    Si encuentro tu correo electrónico te enviaré la revista y el periódico.
    Saludos

    Dantón Chelén

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