RESEÑAS





Nostalgia de otras vidas posibles
 o El autobús perdido – (The wayward bus- 1947) John Steinbeck – Puntodelectura- 2010

“ ´¿Es que nunca voy a ser feliz? –se preguntó-¿No hay nada que hacer?´
Trató de recordar viejos tiempos en los que le parecía que  había sido feliz,
cuando sentía puro gozo, y le acudieron a la mente pequeñas imágenes.”


Esta novela corta de John Steinbeck es una narración que puede parecer simple, lejos de las épicas Las uvas de la ira o Al este del Edén. No se encuentra tampoco en ella el factor trágico que atraviesa la mayor parte de su obra conocida. Destaca aquí una mirada tierna, a la vez que mordaz, sobre un puñado de personajes que se encuentran en un cruce de caminos, literal y metafóricamente. Los protagonistas, el matrimonio de Juan y Alice Chicoy, son los lugareños. Sus historias trenzan la trama, que se desarrolla en un momento cualquiera, no extraordinario, de sus vidas.

Juan Chicoy, mantiene un taller mecánico en un cruce de la ruta estatal que atraviesa California de Norte a Sur con los caminos vecinales que llevan a la costa, y tiene un viejo ómnibus con el que une el trayecto de las grandes compañías con la Ciudad de San Juan de la Cruz, a la que ellas no llegan. Alice se encarga del restorán de paso para los distintos viajeros que circulan por esas rutas. 

Con su estilo descriptivo, que transita desde los detalles más minuciosos de la cotidianidad del matrimonio hasta las contextualizaciones históricas y geográficas, sin olvidar el recurso a monólogos interiores, el autor construye la trama, el retrato de sus personajes y de la sociedad en la que están inmersos con la perspectiva de aguda crítica social y costumbrista que lo distinguen.

Pequeños desvíos en la rutina -la renuncia de la ayudante de cocina del restorán y la ruptura del ómnibus cargado de pasajeros en pleno trayecto a San Juan de la Cruz- dan lugar a las anécdotas. Por detrás de ellas, se despliega un sustrato de fantasías, de anhelos y de estrategias para escapar de lo predecible de sus vidas en cada personaje. La maestría con que se representa la nostalgia de otras vidas posibles, esa base de insatisfacción que alimenta a los seres humanos, es lo que le da densidad al relato y lo hace clásico. 

John Steinbeck nació en Salinas, California en 1902 y murió en Nueva York en 1968. En el año 1940 recibió el Premio Pulitzer y en 1962 recibió el Premio Nobel de Literatura.  Muchas de sus obras fueron adaptadas para el cine, las más conocidas son Las uvas de la ira, Al este del Edén, De ratones y de hombres y La perla.   El autobús perdido  tiene una versión cinematográfica de 1957. 







 
El sueño más dulce. Doris Lessing, Ediciones Z Bolsillo, 2006.

Los 60 ya son historia. Aunque sean los años de juventud de mis padres, los años de mis primeros pasos, del recuerdo imborrable de la primera caminata del hombre en la luna trasmitida por televisión. Fueron  los años del club del clan, las melenas despeinadas, las minis, del anhelo de  libertad con minúscula, a la vuelta de la esquina para todos en Occidente y de las luchas por Libertad con mayúscula en los países más pobres del planeta; los años que instalaron el protagonismo de los jóvenes, desde la música con los Beatles y el rock and roll hasta la política con los Kennedy; los años de las luchas interraciales, del avance de los derechos humanos para las “minorías” (leáse para la grandes mayorías de personas que no eran hombres blancos); los años de la píldora anticonceptiva y la liberación sexual; los años en los que los hijos del baby boom, del progreso y la abundancia de la postguerra salieron a las calles a pedir más y mejor de todo y, de vuelta, más aún. Los años de La Revolución y las revoluciones. En esos años de Guerra Fría, de cambio, de esperanzas, de luchas y de sistemas ideológicos fuertes sitúa Doris Lessing su novela El sueño más dulce. “Espero sobre todo haber sido capaz de recrear el espíritu de la década de los sesenta, una época que vista retrospectivamente y comparada con lo que vino después, parece sorprendentemente inocente.”  Dice en su Nota de la autora en la que introduce y contextualiza la novela, escrita luego de dos tomos autobiográficos y para evitar un tercero que pudiera herir a sus contemporáneos, algunas personas todavía “vulnerables”.
Con una perspectiva europea y un lenguaje irónico, a veces nostálgico, enojado y también cariñoso evoca los avatares de una familia de izquierdas, desde los años 60 hasta entrados los 80. Las protagonistas principales son tres mujeres, tres generaciones, ligadas por el mismo hombre: Frances Lennox, mujer del activista Jhonny Lennox, Julia Lennox, su madre y Sylvia Lennox, su hijastra. El sueño comunista de los hijos burgueses y pequeño burgueses de Europa, trenzado con los destinos, lejanos y exóticos, de los pueblos latinoamericanos y sobre todo africanos, se describe sin consideraciones. La novela cala hondo en los egoísmos, la corrupción y la violencia que conformaron las prácticas y enviciaron relaciones personales, esperanzas y causas populares. Sin embargo, la crítica no está exenta de un dejo de ternura, centrado en los personajes femeninos, que subyace a los derroteros tan equivocadamente humanos que recorren sus personajes: hombres caprichosos que dependen de la fuerza, el compromiso afectivo y económico de las mujeres que los rodean y mujeres desbordadas por su solidaridad o, en su defecto, su egoísmo enfermo.
El gran marco de las historias personales es la Historia de las ideologías y los pueblos: las grietas en  la ideología comunista, voces críticas que emergen desde sus propios seguidores y sus víctimas; las luchas anticolonialistas y el despeñamiento de las esperanzas africanas atrapadas entre la corrupción de sus clases dirigentes, el corporativismo parasitario de las organizaciones de ayuda internacional y la ignorancia, cultivada por los regímenes coloniales, de sus pueblos. A pesar de este marco tan explosivo y estridente, se escribe la trama de la solidaridad individual que, de manera subterránea y sutil, logra salvar de uno en uno a cada uno.
Tan universales como la corrupción, la codicia y la violencia, con otros lenguajes y horizontes, se repiten los modelos de la solidaridad y el afecto. “No le sorprendía que hubiera tantas personas sentadas alrededor de la mesa, aunque para hallar un paralelismo tuvo que retrotraerse a su aldea, donde se recibía con cordialidad a aquel que buscaba un plato de comida o un lugar donde dormir” dice uno de los personajes, un joven africano que se acoge a la hospitalidad de la casa de las Lennox. La familia abierta de los 60, encarnada en las protagonistas femeninas - madre sustituta, o más bien “madre tierra”, como se decía en esa época, que “componían una red de educadoras neuróticas “, con todo y sus contradicciones, remite en cuanto a protección y contención a la de los abuelos africanos.
El amor de pareja, con su dimensión de felicidad, encuentra su lugar en las historias, como descubrimiento único y personal, no importa a qué edad ni en qué condiciones, y también es subterráneo y se esconde para permanecer: “Sin embargo, estas dos personas maduras…compartían un secreto que sabían que se marchitaría si lo desvelaban. Y no eran los únicos: la ideología ha dictaminado que una situación semejante es imposible, y por eso la gente calla.”
De esos jóvenes sesentas llegamos hasta las orillas de los cansados noventa, que trajeron el desmoronamiento de las ideologías, el fin de la Guerra Fría, la caída de la Unión Soviética, la llegada del Sida. El fin del sueño. Y ¿Qué quedó de todo eso? Un trasfondo casi invisible de compasión. Una red de  personajes anónimos, desperdigados en los intersticios de las  grandes burocracias o en organizaciones pequeñas, que encuentran y construyen soluciones para las necesidades de los hombres y mujeres también anónimos. La Gran Historia de la Infamia tiene su correlato en la pequeña historia de los amores y ambas se escriben, con una prosa directa, ágil y fuerte,  en esta novela. 


 DORIS LESSING- Novelista británica nacida en 1919 en Irán, donde vivían sus padres. Desde los siete años vive con su familia en el sur de Rhodesia, actual Zimbawe, se independiza a los 17 años y luego de dos matrimonios fallidos y el nacimiento de sus tres hijos, se instala en Inglaterra en 1949, donde comenzó a publicar. Gran parte de su obra está basada en la vida cotidiana e interior de protagonistas mujeres y en su experiencia africana. Activista del Partido Comunista inglés de 1952 a 1956, sus escritos tienen también un fuerte sesgo de crítica política y social. Ha recibido gran cantidad de premios y distinciones incluyendo el Príncipe de Asturias en el año 2001 y el Nobel de Literatura en el año 2007


Publicado en Revista - Relaciones Julio 2012















2666
Roberto Bolaño
Anagrama, Barcelona, 2002

Durante un tiempo estuvo pensando en volverse vegetariana. En lugar de eso, adquirió el hábito de fumar.” dice Roberto Bolaño sobre Lotte, hermana de Archimboldo, hacia el final de su larga y compleja novela 2666. Y esa frase, así dicha al pasar sobre un personaje secundario que resulta también principal -¿qué personaje no lo es en esta novela?- resume la relatividad, los caprichos y el azar en el devenir humano que impregna toda el libro y que compone ese imán que vuelve tan necesaria su lectura.
En el caos que atraviesa las páginas, los personajes van tomando decisiones que los definen, que resultan en otros tantos caprichos y azares de los que su vida está compuesta. La locura se ampara en el amor, o el amor es posible en la locura. Los sueños tienen el mismo peso narrativo que las acciones en sus historias, el carácter se impone las más de las veces a los hechos.
A la vez, el destino que, al decir de Borges, es el nombre que aplicamos a la infinita operación incesante de millares de causas entreveradas les depara otros tantos caminos. Se puede salir a las cinco de la tarde de trabajar, caminar unas cuadras con una amiga, decirle hasta mañana en una esquina y aparecer muerta, mutilada, violada y estrangulada en el desierto unos días después. Un cruce inesperado con un periodista un poco borracho y escéptico que está de paso en la ciudad podría salvar la vida de una joven que se entrega, sin temores, a los últimos caprichos de su ex novio.
Cada parte de la novela -son cinco: la parte de los críticos, la parte de Amalfitano, la parte de Fate, la parte de los crímenes y la parte de Archimboldi- está escrita en su propio ritmo y lenguaje, sin perder por ello nunca la belleza, la fluidez y la necesidad. La sorprendente necesidad de leerla que nos atrapa aún cuando a veces no encontramos sentido a estar leyéndola, y al mismo tiempo nos hace temer el momento que se termine, ese punto final que nos proyecte al silencio.
Cada parte de la novela está tejida de historias que se mezclan, se suceden, se complementan y nos hacen avanzar por sus tramas, evocando historias de personas reales, de personajes de otros mundos literarios, acontecimientos de la Historia Universal y de la historia de la infamia contemporánea. Reflexiones sobre los mexicanos y su cultura, los afroamericanos y su cultura de resistencia, los periodistas, los editores, los críticos y los escritores, los policías y los asesinos, los despatriados y los nacionalismos. La guerra. La Mundial y la de todos los días. Roberto Bolaño en una de sus últimas entrevistas, dijo: "Muchas pueden ser las patrias, se me ocurre ahora, pero uno sólo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es la calidad de la literatura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces que es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido, saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es basicamente un oficio peligroso."
2666 es el pasaporte para un viaje que no nos dejará ser los mismos que fuimos antes de emprenderlo.
Una anécdota: mientras escribía esta novela, el autor se moría de cáncer y negociaba con sus editores publicar cada parte como cinco libros separados, uno por año, que garantizaran o favorecieran a sus familiares con un ingreso fijo por cinco años. Una vez muerto y leído el manuscrito ni sus editores ni sus familiares respetaron su voluntad y la novela se publicó en su totalidad para beneficio de nosotros, los lectores. Así de veleidosas son las voluntades. Esta historia podría haber formado parte de la novela.

Reseña publicada en Revista Relaciones No 335- Mayo 2012



LA SUBJETIVIDAD COMPARADA.
Apuntes de lectura de Raymond Chandler y Paul Auster. 
 
Raymond Chandler (1888-1959) marcó la literatura de su tiempo. Con su obra y la de Dashell  Hammet,  la novela negra alcanza el status de literatura “a secas”. Ambos han dejado su marca en los más variados autores de las generaciones posteriores. Entre ellos, el contemporáneo Paul Auster. Nacido en 1947, a quien se reconoce como escritor en los 80s, con la publicación de La invención de la soledad. En su obra hay novelas, relatos, escritos autobiográficos, ensayos y películas con guión propio. 
 
La búsqueda del yo

La herencia de la novela negra en Auster se expresa, de manera peculiar, en la construcción de crónicas de la intimidad que siguen una trama de enigma policial. Auster traslada esa trama al escenario subjetivo: la búsqueda del asesino es sustituida por la búsqueda del yo.
En muchas de sus novelas -Trilogía de Nueva York, Leviatán o El libro de las ilusiones- Auster apela directamente a recursos clásicos del género policial: mujeres seductoras y en apuros a las que ayudar, misteriosas desapariciones, historias de detectives. Pero las características “típicas” del género se desdibujan en la narración: el detective es un escritor que se hace pasar por azar por tal(Ciudad de Cristal); la subjetividad del buscado se entrelaza con la del rastreador, al punto que no se sabe quien es qué, y la vida de uno supone la muerte del otro (Fantasmas, La habitación cerrada). La búsqueda “objetiva” se desliza hacia las búsquedas internas de los personajes en su intento, no siempre fructífero, por encontrarse o definirse: “Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros,...” dice el personaje central de La Habitación Cerrada.
Leer a Paul Auster es internarse en el mundo subjetivo desde la mirada impersonal, despersonalizadora, de un cronista :”En quince años, Sachs viajó de un extremo de sí mismo al otro, y para cuando llegó a este último lugar, dudo que supiera ya quien era.” (Leviatán). Sus personajes, asaltados por “hechos” -muertes de sus seres queridos, enfermedades, confusiones de personalidad- discurren en el “sinsentido” de la vida: “una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.” (La Habitación Cerrada). Se debaten por definirse ante la inaccesibilidad del yo, “nunca sabemos nada de nadie...ya es bastante difícil seguir la pista de uno mismo. Cuando se trata de otras personas, no tenemos la más remota idea.” (Leviatán), y si bien algunos ganan, otros pierden estas batallas, pero no es el resultado lo que importa.
Los “héroes” de Auster no hacen su historia, la padecen. Es el pasaje del sujeto-autor al sujeto-texto: del individuo moderno, constructor de su propia historia –de la Historia- al individuo posmoderno, tensionado por construirse a sí mismo a pesar de las historias, propias o ajenas, que se escriben en él, en un mundo sin Historia.
En la construcción de la subjetividad de los personajes centrales de las obras de Chandler y Auster, se puede observar este pasaje.

Marlowe: un caballero moderno.

El detective Philip Marlowe aparece en El sueño eterno y se convierte en el personaje principal del resto de las novelas de Chandler. Desde su primera aparición Marlowe no duda de sí, de su lugar en el mundo: “Estaba aseado, limpio, afeitado y sereno, y no me importaba que se notase. Era todo lo que un detective privado debe ser.” Desde entonces, Chandler lo construye como el típico antihéroe de la modernidad: pobre por no interesarse por el dinero, digno, leal a sus principios, marginal, solitario por elección, bebedor. Un “duro”, pero con una reserva de ternura que le da toda su dimensión humana: “Si no fuera duro no estaría vivo; sino pudiera ser dulce, no merecería estarlo”, concluye Marlowe sobre sí mismo, en Playback.
Chandler describe una realidad despiadada, indigna, el reino del capitalismo salvaje.Marlowe construye, en ese contexto, solidaridades que están destinadas a perderse y son sustituidas por el respeto y la distancia. El largo adiós es quizás la culminación del modelo de las novelas de Chandler. Sobre el telón de fondo del enigma policial, emergen la amistad y sus componentes de ternura y desinterés:”Usted compró mucho de mi y por nada, Terry. Por una sonrisa, una inclinación de cabeza, un saludo con la mano y algunas copas tomadas de vez en cuando en un bar tranquilo y confortable. Fue agradable mientras duró.” dice Marlowe, y al final del libro, sentencia: “Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.”
Es en el contraste con y desde la fugacidad de las relaciones y los hechos que la figura de Marlowe se dibuja. Sus decisiones, sus elecciones, son lo único firme en las arenas movedizas de la vida.

Fronteras

Philip Marlowe es un retrato de rasgos fuertes y precisos, que se perfila sobre acontecimientos externos, marginales a este ser que es él mismo. Los personajes de Auster, en cambio, tienen una imprecisa frontera con los sucesos del mundo, que los atraviesan y construyen y deconstruyen como el viento a las dunas de arena.
El mundo de Auster es un telón de fondo confuso con límites inciertos: “Resultó que mi verdadero lugar en el mundo estaba más allá de mí mismo, y si estaba dentro de mi también era ilocalizable. Era el diminuto espacio entre el yo y el no yo, y por primera vez en mi vida vi esa nada como el centro exacto del mundo.” (La Habitación Cerrada)
En Chandler la dicotomía subjetivo-objetivo opera con claridad: a condiciones objetivas, sociológicas, definidas, se oponen principios “subjetivo-éticos” que definen la personalidad del detective. En Auster las barreras se borran: el mundo irrumpe y es traducido por la subjetividad que se construye a fuerza de esa misma irrupción.

Dos autores, dos “espíritus de época”.

Honor, principios, dicotomía objetivo-subjetivo son “códigos” de la modernidad, cimientos de la construcción cultural y normativa de la época de Chandler y que definen a Marlowe, su alter-ego.
En los tiempos que vivimos,  posmodernos o de modernidad líquida, en los que vive y escribe Auster los parámetros son otros: el diálogo continuo entre individuo-realidad desplaza su eje al individuo. La subjetividad es central: el escenario de los conflictos es el sí mismo y no la sociedad. Así, sus personajes están siempre en construcción, en el camino de encontrarse o perderse a sí mismos. En un mundo sin balizas.


Este artículo fue publicado en la REVISTA RELACIONES (2007)

¿Por qué leer a Walter Mosley?



¿Por qué leer a Walter Mosley? Para los amantes de novela policial esta es una respuesta fácil. Lo más traducido al español de este autor son las historias de Ezequiel Easy Rawlins, un detective, más por situación que por vocación, que desde los años 40 en adelante, se adentra en el mundo de las fronteras indefinidas entre la sociedad blanca y el under negro. Al manejo cómodo de las reglas de la novela negra, sentadas por Chandler y Hammet, Mosley agrega una composición del personaje central Easy muy compleja, en sus circunstancias, en sus opciones y en sus reflexiones.

 Las novelas de Mosley se despliegan, por lo menos, en tres dimensiones: la trama, con sus asesinatos a resolver, sus gangsters, matones y hombres y mujeres corrientes que se entrecruzan con sus intrigas; el personaje de Easy, con sus dudas, con las disyuntivas que le ofrece la vida, sus convicciones, sus renuncias; y el escenario social donde las relaciones entre razas configuran una red específica y cambiante a lo largo de la saga de Rawlins, cuya primera novela está ubicada en los 40 post-guerra y con las últimas llega hasta fines de los 60.

Estos tres niveles agregan complejidad y amplían el espectro posible de lectores a este autor. Por otra parte, Walter Ellis Mosley, nacido en 1952, profesor de la Universidad de Nueva York premiado varias veces por sus obras,  tiene más de un registro en sus escritos. A la serie de novelas negras protagonizadas por Ezequiel “Easy” Rawlins, se agregan los cuentos cortos cuyo protagonista es Sócrates Fortlow, historias de ciencia ficción, una novela erótica muy alabada, libros de ensayos y también traducida al español una novela corta “Blues de los sueños rotos”.

Las intrincadas relaciones de la sociedad pobre de los Estados Unidos, atravesada por las conflictivas relaciones interraciales, conforman el escenario en que Mosley, hijo de padre negro y de madre blanca y judía, sitúa a sus personajes, en particular  en la saga de Easy Rawlins. Las intrigas policiales, de las que el protagonista toma parte casi a la fuerza, convocado por policías blancos que no pueden intervenir en el cerrado submundo de los negros, con quienes su relación nunca es clara, en las que se alterna su condición de sospechoso con las de colaborador, son la senda por la que Mosley transita para describir y  reflexionar sobre las condiciones de vida de los afroamericanos. La condición de detective de Rawlins es una extensión de su condición de negro pobre marginal, envuelto en un mundo de violencia, del que quiere salirse y que siempre amenaza con acorralarlo destinándolo a la cárcel o a la muerte, suerte que comparte con sus compañeros de barrio, ciudad y etnia.

El protagonista atraviesa el S.XX,desde los 30 hasta avanzados los 60´, y en las distintas novelas el contexto político y social es telón de fondo, que con precisas pinceladas, se cuela dando sentido a las intrigas. Una lectura global de la saga, arma el puzzle de la trayectoria vital de Easy, entrecruzada con los cambios vividos por la comunidad negra, atendiendo al desarrollo de los movimientos por los derechos civiles y los cambios políticos y culturales en la sociedad americana, de las que el protagonista es más un testigo reflexivo, que un activista.  

El demonio vestido de azul 1990 transcurre en 1948; Una muerte roja 1991 transcurre en los 50; Mariposa Blanca 1996 transcurre en 1956; Betty, la negra  transcurre a principios de los 60; El Perro Amarillo 1998 transcurre en 1963; De Pesca- 1999 transcurre en 1939; Muerte Escarlata   2004 transcurre en 1965; Beso Canela 2007 también en los 60  y Rubia peligrosa 2009 transcurre en 1967.

Esta cronología tiene un salto, tanto temporal como estilístico: De Pesca, se distingue de las otras por ser una novela de iniciación, que escapa al modelo serie negra, en la que Mosley nos traslada a 1939, para vivir junto a Easy de diecinueve años, el final de la adolescencia, y su transformación en un adulto. Nos sumerge en esta narración en un mundo de sueño y pesadilla, evocado desde la fiebre que aqueja al protagonista en la mayor parte de la historia. Y no por ello es menos realista, describe el lugar de la magia, la religión, las diferencias sociales y raciales en un pueblito perdido de Texas sumido en la pobreza y la ignorancia y que será arrasado cuando los herederos de la única propietaria blanca de todas las tierras, último ejemplar de la aristocracia terrateniente de la zona, muera.

La lógica del poder cosifica a las personas, cualquiera sea su etnia, las constituye en una dimensión meramente instrumental, identificándolas con objetos que pueden usarse –sacrificarse- según las necesidades de esta lógica impersonal. La resistencia a y la liberación de esta lógica se da en el encuentro entre subjetividades y este encuentro es siempre marginal, externo y revulsivo para la lógica del poder. Este es el escenario que los grandes maestros de la novela negra americana, en especial Chandler, construyeron y que Mosley retoma en las historias de Easy Rawlins, incorporando al abanico de temas clásicos, las contradicciones interraciales.



 




2 LECTURAS DE PAUL AUSTER:

Brooklyn Follies
Paul Auster - Ed. Anagrama - 2006


La novela nos enfrenta desde el inicio a la muerte. Es el horizonte cercano que espera al personaje central, Nathan Glass. Pero a contrapelo de lo que él dice proponerse, terminar sus días silenciosamente, el silencio final que lo amenaza le hace encontrar las palabras con las que comunicarse, profundizar y renovar sus vínculos. En particular con su hija Rachel, con quien mantiene una relación muy frustrante. A lo largo del texto, viejos y nuevos lazos se van recuperando e instalando en el tejido cotidiano del personaje. En el nuevo barrio en que se instala, se reencuentra con su sobrino Tom, quien trabaja en la librería de un enigmático y cálido personaje, Harry Brightman. Con Harry comenzarán una amistad y se verán envueltos en enredos provocados por el misterioso pasado del librero.  En Brooklyn Follies las muertes campean por el texto. Cercanas, como la muerte de su hermana June, el más duro golpe que le tocó enfrentar al protagonista o lejanas, dado que su actividad, de la que está jubilado, era la de agente de seguros de vida. Muertes antiguas, retazos del pasado de los personajes que se encuentran en el espacio de la novela, o recientes, algunas que interrumpen los vínculos apenas establecidos. A pesar de este ominoso peso de la muerte, la vida se impone. Atraviesa los cercos de la soledad inicial y abre los canales de la compañía. Desde la disolución familiar inicial, asistimos a la reconstrucción de los vínculos desde otras perspectivas. El viejo tejido desgarrado se recompone en la apertura a nuevas relaciones y en el intercambio se hace posible el fluir de los afectos. El personaje descubre su poder creativo en su capacidad de producir afectos, relaciones y, sobre todo, memoria, al mismo tiempo que va desarrollando su frustada vocación por la literatura, en su firme propósito de escribir El libro del desvarío humano. En el devenir de su aventura literaria, descubre, y quiere compartir, el poder de la memoria contra la muerte, el silencio final. Hay otros temas recurrentes en la escritura de Auster que también están presentes el libro: la incomunicación padres-hijos, las rupturas de pareja, la locura y el crimen como materia ineludible del proceso vital. La literatura como quehacer, búsqueda y refugio.  


La invención de la soledad– Paul Auster
Editorial Anagrama -1a- Ed. 1994 (Paul Auster -1982) 

En La invención de la soledad, Paul Auster describe la vida de su padre para escapar a la realidad de su muerte. La vida está llena de silencios y ausencias, pero la Muerte es el Silencio y es la Ausencia. En el libro que escribe Auster las palabras cabalgan los silencios, los mantienen a raya. Y sin embargo, detrás de sus palabras, es el Silencio el que domina el texto. Sus palabras pueden limitar, hacer olvidar los silencios, pero naufragan en el Silencio. Y lo que mantiene la tensión del texto, lo que hace fascinante la descripción de un hombre, un hombre singular como todo hombre y común como todo hombre, es esa sensación de estar cruzando el abismo y las palabras son el puente que evita que caigamos en él. La Muerte es la certeza total. Una muerte es el desconcierto al final. Certeza de su ausencia, desconcierto de nuestra sobrevivencia. La Vida es plenitud.  Una vida es confusión. Queremos describir una vida y se nos escapa entre los dedos. Una afirmación encierra su negación, lo que podemos decir de alguien y su trayectoria vital deja afuera miles de sentidos y sinsentidos que tejieron sus días. Paul Auster describe la dificultad de escribir sobre alguien y a su vez, está describiendo la dificultad al leerlo. Cada idea dispara su contraria, cada definición supone otras, en definitiva  todo el texto se impregna de la indefinible e inatrapable condición de un individuo. En la literatura el narrador establece un plan, un orden que sustenta el caos vital de sus personajes. Es cierto que también estamos acostumbrados a narrarnos nuestra vida, a enfocarla buscando un orden. Nos aferramos a creer en el destino, la predestinación, en Dios -el escritor por excelencia- o en nuestra fuerza de voluntad para sobrellevar el caos. Y cuando sobreviene la Muerte, una muerte, estallan los sentidos, se borran nuestras historias y el único refugio es entonces la Memoria. La memoria, donde la vida se repite, la búsqueda, la reconstrucción, la afirmación del ser. Y otra vez a contar, pero la narración se enfrenta al vacío, a la vanidad de intentar decir algo sobre algo. La muerte, el silencio. La literatura, un plan. La vida, el caos. Y las palabras, un puente. Vanidad de vanidades.                


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